El refugio del vencejo

Es el aire: la libertad llevada al extremo, la que aprisiona como una cárcel de amor y odio; como el mar a la tierra, el sol al día, el fuego a la noche. Y al final, el resultado es el mismo: el refugio de la carcoma. Cada cual existiendo en su prisión inevitable y amada, gastando la vida en doblones de oro sin valor. Solo vale el brillo, la brisa en el sarmiento. No es el nombre, sino el apodo. Ahora, vuela —o arrástrate— por las galerías carcomidas del alma: el desenlace será el mismo, siempre incierto.

“Arrepentíos, el final no pue estar lejos”

Juan José Cantador Bustos

Juan José Cantador Bustos

El refugio del vencejo. 21 de junio de 2026

Basándome exclusivamente en mi memoria, aumentada por el paso del espaciotiempo, aquella frase aparecía escrita en un cartel ambulante, adosado en forma de pancarta al cuerpo de un personaje secundario de una película de los años ochenta. El personaje, si es que puede llamarse personaje a alguien que no intervenía ni en la trama ni en el argumento, cruzaba por allí como cruzan las señales verdaderas: sin explicación, sin música, sin subrayado.

Lo recuerdo. Se me quedó impreso. Casi como una premonición en el devenir de los tiempos.

Arrepentíos, el final no pue estar lejos.

Cada vez sigo menos esta red social y pronto cerraré la cuenta. Seguro que, para muchos de vosotros, igual que para mí en su momento, fue o sigue siendo un instrumento para conseguir contactos profesionales, comerciales, humanos incluso, si todavía se permite esa palabra. Una ventana publicitaria relativamente barata para vender nuestros productos; perdón, los productos de otros. Bueno, claro, hay que decirlo: esos otros nos proporcionan el sustento.

En la vida como en la empresa, lucha hasta el último segundo. Al lado de las personas correctas siempre tendrás más éxito. Cuando nadie te ayuda, descubres de qué estás hecho. El algoritmo depredador del gato. Despídete de las ventanas empañadas: recubrimiento hidrofóbico. El trabajo en equipo te dignifica y hará aumentar los ingresos de tu empresa.

Y sí, mientras tú te empeñas en ser mejor profesional, en mejorar tu marca personal, en aprender a hablar con seguridad en público, en optimizar tu perfil, en madrugar, en respirar, en meditar, en producir, en sonreír, en creer que la vida es una escalera mecánica hacia algún lugar decente, a la vuelta de la esquina el mundo —no el subjetivo, no el de tus traumas ni tus frustraciones ni tus pequeñas derrotas domésticas—, sino el paisaje real que te envuelve, se irá lentamente a la mierda.

El otro mundo, ese sí subjetivo, el que conocíamos o creíamos conocer, el del Estado del bienestar, el de “aprende inglés, que es de gran porvenir”, el de la clase media, el de la hipoteca posible, el de la jubilación tranquila, el de los derechos conquistados, se nos va por la cloaca de las zanahorias podridas.

Alemania, la gran locomotora, está gripada. Y reconvierten sus prestigiosas industrias en fábricas de tanques obsoletos. ¿Obsoletos? Pues construyamos drones. Qué bonitos los drones en formación de combate, o simulando la cara de Gaudí, o dibujando corazones luminosos sobre una ciudad que mañana puede ser escombro.

Qué guapo el Papa. Qué hermoso discurso en el foro del pueblo. Y cómo rabian a aplaudir nuestros representantes, aunque en sus durísimas y bondadosas reprimendas todos, en mayor o menor medida, nos hayamos sentido aludidos. Pero ¡y lo bien que se lo han pasado los vasallos humildes y no tan humildes, todo hay que decirlo, disfrutando en las calles al ver pasar el Papamóvil!

¡Ah! Por aquí pasó. Pero sin el Papa.

Pobre, también tiene derecho a descansar un poco. No sólo de predicación vive el Santo Padre. También tiene sus necesidades y sus inclinaciones, aunque algunas de estas no supongan necesariamente una plegaria.

Oigo —no en medios oficiales, así que seguro que es propaganda, me dicen— que Europa se dirige como un zombi hacia una guerra contra los malvados rusos. Malvados, borrachos y tontos. Fíjate si son tontos que sus malvadas élites enviaron a millones de personas a morir contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Mira si son malos que han invadido Ucrania.

Y nuestros medios oficiales te lo presentan como si antes del inicio de la guerra no hubiese existido el mundo. Un día del mes de febrero de 2022, el diabólico Putin se levantó con el pie siniestro y se dijo: voy a invadir Ucrania, y después Polonia, Alemania, Francia, y así hasta llegar a la isla Perejil.

Y no se te ocurra preguntarte por qué haría tal cosa el Putin ese. Anula en ti cualquier atisbo de pensamiento crítico. De lo contrario te tacharán de putinista. Creo que en Alemania utilizan una expresión despectiva para los que se preguntan esas cosas y que, traducida, viene a decir algo así como: “ese entiende a Putin”.

Así que nunca existieron los tratados de Minsk. Nunca hubo advertencias sobre la expansión de la OTAN hacia el este. Nunca hubo intereses estratégicos. Nunca hubo provocaciones. Nunca hubo historia. Sólo hubo un loco, un malo, un mapa, una frontera y una necesidad urgente de fabricar obediencia moral.

Digo yo: si mi vecino, que vive enfrente de mi casa, ese que me tiene ojeriza porque me he comprado un coche nuevo, un día coloca en su balcón un fusil apuntando hacia mi ventana, ¿cómo debo interpretarlo?, ¿debo preocuparme? Claro, por si acaso, simplemente por un tema de seguridad, puedo redoblar la apuesta y poner yo en mi balcón dos fusiles apuntando al suyo. Y así iremos subiendo la apuesta hasta que el objeto del balcón, que era asomarse a la calle, se pierda por completo.

No sé. Todo esto me huele a absurdo y a manipulación.

Llevamos confiando —mejor dicho, entregando— nuestra economía, nuestra cultura y nuestra seguridad durante los últimos ochenta años al Tío Sam. Y el Tío Sam se nos ha hecho mayor. Qué digo mayor: es como un abuelo borracho, drogadicto y arruinado que, al perder el control de su cuerpo, rompe los muebles de la casa y todavía exige respeto porque un día pagó la hipoteca.

O mejor: es como un dinosaurio gigantesco y moribundo que, al caer exhausto, va arrasando con su desmedido cuerpo todo lo que encuentra alrededor. Y como se rebela ante su destino, da traspiés furiosos y lanza mierdas inmensas sobre todo lo que encuentra a su paso.

Occidente ha perdido su hegemonía después de siglos de dominación del mundo. Resulta que sí, que la imagen idílica de que íbamos por el planeta llevando la buena nueva de nuestra democracia era una patraña. Una excusa. Una coartada. Una liturgia blanca para apropiarnos de lo ajeno.

Resulta que para liberar a las mujeres iraníes de la barbarie de los ayatolás las bombardeamos. El petróleo iraní, por supuesto, no nos interesa para nada. Tampoco nos interesan sus rutas, sus alianzas, sus recursos, su posición geopolítica, su derecho a no obedecernos.

Admitimos —qué digo admitimos—, apoyamos genocidios ocasionados por un pueblo que anteriormente sufrió un genocidio a manos de otro pueblo. Y lo hacemos con cara seria, con editoriales equilibrados, con expertos de plató, con mapas interactivos y con esa voz de notario moral que tanto gusta a los criminales cuando descubren que pueden matar hablando de defensa propia.

No sé. Todo esto me suena a decadencia. A antesala apocalíptica. A final de ciclo con olor a oficina, a incienso, a queroseno, a sangre seca y a PowerPoint.

¿No será que estamos entrando en una crisis profunda —me refiero a Occidente— y que nuestros dirigentes corruptos, al servicio de los lobbies armamentísticos, necesitan librarse de nosotros? ¿De nuestras pensiones, de nuestros hospitales, de nuestras bajas médicas, de nuestro denostado Estado del bienestar? ¿Y qué mejor para ello que recurrir a lo conocido?

¿Y qué es lo conocido?

No lo sé.

Pero, por si acaso, joven bobo que agarras la baja médica porque te ha dejado la novia: lee a Tolstói si oyes hablar de volver a instaurar la mili. Lee a Tolstói, pero no como quien lee un clásico para aprobar un examen, sino como quien mira un campo lleno de muertos antes de que le digan que morir por una bandera es una experiencia formativa.

Pero ¿de qué me quejo yo?

Todavía —sí, todavía— estoy bien. Vivo de mi dulce pensión, que no me la toquen. Puedo dedicarme a reescribir plácidamente mi desmemoria y cultivar de manera nihilista mi cuerpo de preanciano, igual que me esmero en cuidar mi bosque confinado.

No soy como esos desgraciados maestros que llevan semanas de huelga y que no sé de qué se quejan, con la cantidad de vacaciones que tienen. Ni como esos salvajes inmigrantes que se apoderan de los míseros economatos, patrimonio de los españoles. Ni como esos muchachos bobalicones de ahora que se agarran una baja porque los ha dejado la novia. Pobres empresarios.

Con lo fácil que tienen la vida.

¿De qué se quejan?

No tienen que preocuparse de nada. Pueden vivir alegremente en casa de sus padres toda la vida, incluso un poco más si lo desean.

Y mientras tanto:

En la vida como en la empresa, lucha hasta el último segundo. Al lado de las personas correctas siempre tendrás más éxito. Cuando nadie te ayuda, descubres de qué estás hecho. Despídete de las ventanas empañadas. Recubrimiento hidrofóbico. El algoritmo depredador del gato. El trabajo en equipo te dignifica. La guerra te ordena. La patria te absuelve. El mercado te sonríe. El Papa pasa sin pasar. El dron dibuja una paloma. El tanque busca trabajo. La cloaca canta. El balcón apunta. El vecino apunta. El mundo apunta. Y alguien, en una película de los años ochenta, cruza la pantalla con un cartel colgado del cuello:

Arrepentíos.

El final no pue estar lejos.