El refugio del vencejo

Es el aire: la libertad llevada al extremo, la que aprisiona como una cárcel de amor y odio; como el mar a la tierra, el sol al día, el fuego a la noche. Y al final, el resultado es el mismo: el refugio de la carcoma. Cada cual existiendo en su prisión inevitable y amada, gastando la vida en doblones de oro sin valor. Solo vale el brillo, la brisa en el sarmiento. No es el nombre, sino el apodo. Ahora, vuela —o arrástrate— por las galerías carcomidas del alma: el desenlace será el mismo, siempre incierto.

Tiempos nuevos, negocios salvajes

Palomas: de tecnología y alimento a “plaga”. Ética y estética

Tengo por costumbre levantarme temprano e ir a tomar café a un bar mañanero al que, popularmente, llaman Juanito: así apodan al camarero joven —casi un niño—, de rasgos asiáticos. El local está junto al mercado municipal, un clásico del pueblo. A esa hora la clientela suele ser algún dependiente que se despeja con el primer café y el primer cigarro. Pero, sobre todo, lo que encuentras son personas desahuciadas en busca del primer trago de alcohol, del primer café y del primer enfado. Algunos han pasado la noche en la calle: se les nota demacrados, castigados por la intemperie y el desprecio social.

El otro día, junto a nosotros —yo estaba ahí, en la puerta del bar con mi primer cigarro y mi primer café, uno más—, me fijé en una paloma moribunda: el pico tremendamente pronunciado y encorvado, sin plumaje en la parte interna del cuello; las plumas encrespadas y sucias, las alas plegadas y la mirada perdida en un punto impreciso que la debilidad de la cabeza tendía constantemente a dirigir hacia el suelo. La gravedad, esa fuerza mansa, iba venciéndola poco a poco, hacia la tierra definitivamente. Faltaba un empujón. Llegó con un puntapié y un insulto: “¡Puta rata voladora, qué asco!”. El cuerpo del ave rodó por el pavimento hasta quedar inmóvil sobre la rejilla de una alcantarilla. Pude ver cómo abría ligeramente el pico, recostado sobre el óxido y la mugre, y exhalaba su último aliento. El “exterminador” —victorioso y tembloroso de nervios, no sé si por la hazaña— me pidió un cigarro. Se lo di, atónito, casi por inercia, pero de buen grado.

En Juanito, cada mañana, la ciudad se cuenta a sí misma: el mercado que amanece, los que resisten, los que caen. Hoy cayó la paloma, un animal que durante siglos fue alimento, tecnología y símbolo; hoy, para mí, se convirtió en un espejo de una parte importante de la verdad que nos envuelve: la realidad.

“El 31 de enero de 1901 se inauguró con toda felicidad la incubadora (de palomas)”. Este mensaje, firmado por cinco o seis personas —recuerdo los apellidos Miró y Rovira—, lo encontré escrito a lápiz en una pared de la buhardilla donde vivo. Ya no puedo dar cuenta de él: un paleta “terrorista”, por llamarlo suavemente, pintó la pared sin consideración por ese testimonio valioso (al menos para mí). La incubadora la conservo: está en proceso de restauración y, quién sabe, quizá de recuperación. Algún día os la enseño.

Aquel escrito recuerda que, en otros tiempos, los antecesores de nuestra víctima vilanovina gozaron de un estatus más digno. A inicios del siglo XX, Barcelona fue foco pionero de colombofilia: en 1890 se constituyó la Sociedad Colombófila de Cataluña y su crecimiento quedó documentado en sus primeras memorias y censos (RFCE). El impulso venía de figuras como Nilo M. Fabra, quien en 1872 trajo 24 parejas belgas (RFCE) y, ya en 1875, su Agencia Telegráfica Fabra usó palomas para comunicar por mar el aviso del regreso de Alfonso XII (RFCE, litografía y relato) (Crónica local). La ciudad celebró fiestas y sueltas en el Tibidabo; crónicas de época hablan de centenares e incluso miles de mensajeras en 1909 (Crónica de La Vanguardia) y lo corroboran las revistas La Paloma Mensajera de 1909 (PDF) y 1909 (nov.–dic.) (PDF). En paralelo, el tiro al pichón formó parte del ocio urbano, rastreable en la hemeroteca de Mundo Deportivo (ejemplo 1910, PDF). La identificación de propiedad se hacía con anillas de nido y registro numérico, sistema que sigue vigente en Cataluña (Federació, “Anelles de niu”). En la cocina, el colomí fue plato habitual (p. ej., colomins a la cassola) (Gastroteca). Y en el imaginario urbano, la paloma mensajera aparece como alegoría de las comunicaciones en la escultura del Edificio de Correos (1926–27) (Wikipedia, elementos ornamentales)Y en la literatura, en La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda, las palomas se vuelven elemento simbólico casi demencial: cuando invaden la vivienda de Natalia, Quimet lo justifica diciendo que las palomas son el sistema circulatorio de la casa —bombeadas desde el palomar-corazón—; cuando ella decide “sortir a treballar”, él menosprecia su decisión: “miraria de fer anar endavant la cria de coloms. Venent coloms ens faríem rics”.

“Ni al vermut… ni al cafè. No ajudis a fer-los clients habituals”, reza un rótulo municipal de Vilanova i la Geltrú que puede leerse en la puerta del bar de Juanito. No solo desaconseja dar de comer: dicta quién merece la calle, quién es “cliente” y quién sobra. En la imagen, la paloma es sospechosa profesional, intrusa de terraza. En la acera, otro ejemplar, desaliñado y exhausto, condensa la biografía de muchos animales urbanos: sobreviven en la grieta exacta entre nuestra higiene y nuestro olvido.

Sin embargo, no siempre fue así. En Barcelona y su entorno, la paloma fue alimento (los colomins en la cocina popular), trabajo y tecnología (los coloms missatgers), deporte (colombofilia, palomos marcados con anillas y colores) y espectáculo (sueltas en el Tibidabo). Mucho antes, la paloma blanca —la misma especie domesticada— se convirtió en emblema de paz y representación del Espíritu Santo en la iconografía cristiana. De animal preciado a “rata con alas”: ese giro no es solo zoológico; es cultural.

Juanito trabaja todos los días del año. Los domingos, como no hay mercado, abre más tarde: a las 7:30. Tiene la cara amplia y redonda, un poco mofletuda; ojos grandes, abiertos, achinados; y una sonrisa bonachona incrustada en el rostro. Rezuma una bondad que parece innata. Si al llegar no hay clientes, se le ve dentro de la barra siguiendo ejercicios en el móvil: palmadas arriba, saltito, apertura de piernas… un, dos, tres. Entre series —dictadas por una voz masculina en chino, con música de fondo— engulle una especie de sopa espesa que le prepara su padre, cocinero del local. Te sirve el café con diligencia y amabilidad y retoma, rápido, su rutina de ejercicios-desayuno, antes de que la clientela y las palomas se lo impidan.

Hoy la sonrisa de Juanito se ha ampliado hasta dejarle un aire inocentemente bobalicón: dos palomas se arrullaban entre las ramas del árbol que preside la puerta del bar. Qué sabrán ellas de edictos del ayuntamiento.