El refugio del vencejo

Es el aire: la libertad llevada al extremo, la que aprisiona como una cárcel de amor y odio; como el mar a la tierra, el sol al día, el fuego a la noche. Y al final, el resultado es el mismo: el refugio de la carcoma. Cada cual existiendo en su prisión inevitable y amada, gastando la vida en doblones de oro sin valor. Solo vale el brillo, la brisa en el sarmiento. No es el nombre, sino el apodo. Ahora, vuela —o arrástrate— por las galerías carcomidas del alma: el desenlace será el mismo, siempre incierto.

NAUMANN: Las esclavas del pespunte

NAUMANN: Las esclavas del pespunte

1 de septiembre de 2025

¡Ojo! a la Aguja. Memoria y dignidad

Sopla una brisa fresca. El cielo está limpio, transparente, ligeramente azulado. Contemplo la madera seriamente lastimada por el paso del tiempo: infinidad de pequeños agujeros la asolan. Al mirar atentamente, descubro que hay algo similar a una cinta métrica grabada en la veta. Imagino las manos hacendosas que midieron telas allí, y las ropas de épocas distintas naciendo de ese gesto repetido. Abro el cajón y encuentro, entre agujas y otros útiles de la vieja máquina de coser, un frasquito con un diminuto tapón de corcho; en su etiqueta, ya desvaída, aún puede leerse «Colirium». Evoco entonces unos ojos enrojecidos, rendidos tras horas, días, años de pespuntes. Tal vez aquellas mujeres cosieron mortajas para sus Odiseos; sin saberlo, iban tejiendo también la de sus propias almas.

Quizá —quién sabe— el roce de la tela, el reclamo de un hijo, el anhelo del reencuentro a la salida del taller o el cansancio desmedido las obligaba a levantar la vista de la aguja. Entonces se topaban con las abejas pintadas en el cabezal de la máquina: aviso del destino que les había tocado, resumido en un lema de época, “laboriosidad industrial / progreso”. Y quizá, junto con esas abejas sin vuelo —enganchadas también a la laboriosidad industrial—, depositaban el peso del día en un panal común: la convicción de que su oficio merecía vivir con dignidad.

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En la máquina que inspira este texto, unas abejas aparecen pintadas en el cabezal: metáfora y realidad

En Barcelona, ese impulso se hizo organización. En 1909 nació el Sindicato Barcelonés de la Aguja, la primera entidad creada para velar por los intereses del ramo. Un año después, en 1910, Dolors Monserdà fundó el Patronat d’Obreres de l’Agulla: ofrecía bolsa de trabajo, formación, materiales y asistencia médica gratuita para las asociadas, además de una Liga de Compradoras que promovía “listas blancas” de comercios menos explotadores y defendía el descanso dominical y las mutualidades. Monserdà llevó esa realidad a la literatura con Maria Glòria (1917), centrada en la explotación de las trabajadoras de la aguja.

En 1913, el conflicto tomó las calles con la llamada vaga de les sis setmanes (La Constància): un protagonismo femenino inédito reclamando reducción de jornada (semana de 50 horas con sábado tarde libre), aumentos salariales y cumplimiento de las normas. Y en 1919, el eco de los despachos y talleres barceloneses desembocó en la huelga de La Canadiense, que condujo al Real Decreto de 3 de abril de 1919: jornada máxima de ocho horas. La vieja consigna —ocho para trabajar, ocho para descansar y ocho para vivir— dejó de ser aspiración para convertirse en ley.

Más allá de Barcelona, resonaron luchas hermanas: el Uprising of the 20,000 (Nueva York, 1909–1910), gran huelga de camiseras, y el incendio de la Triangle Shirtwaist (1911), con 146 víctimas —en su mayoría mujeres jóvenes inmigrantes—, que impulsó reformas de seguridad y aceleró la sindicalización del sector.

Por desgracia, hoy, siglo XXI, uno mira ciertos edificios sindicales y siente que el hilo se ha enredado. Los sindicatos ya no parecen de clase, sino clasistas, y sus representantes, en espacios reformados y cerrados con tarjetas y claves, se atrincheran; dos entradas conducen a mundos apartados: la de los señores que se creen dueños de lo común, y la de las trabajadoras que, en semisótanos de diseño con luz artificial, buscan aliento y encuentran —demasiado a menudo— respuestas que no alcanzan. El cansancio en la base también es herencia de aquellas cadenas invisibles que pasan de madres a hijas, generación tras generación.

Los señores se adueñan del pasado histórico —soportados, como he escuchado decir, por el “número de indios” que los apoyan— sin tener en cuenta que ese pasado no les pertenece, como no pertenece el río al pescador que se aprovecha de él. Sus comportamientos son más propios del percebe que se aferra a la piedra contra la violencia del mar que del salmón que remonta el río de la historia para alumbrar en el origen de la lucha.

Se conforman con migajas pactadas con sociópatas atrapados en un capitalismo salvaje en decadencia, que no atienden a la narrativa de una realidad tozuda.

Tal vez aquellas mujeres —como las de hoy, en otras partes del mundo, o en el nuestro, con otros oficios— sigan cosiendo mortajas para su prole; sin saberlo, sigan tejiendo también la suya. Pero entre los cajones de madera y los frascos de colirium, dejaron algo más que cansancio: instituciones propias, huelgas sostenidas, redes de apoyo y una ley de ocho horas conquistada. Ese es el lema que persiste: que cada puntada sirva para vivir mejor.

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  • Fuentes: Sindicato Barcelonés de la Aguja (1909); Dolors Monserdà —Patronat d’Obreres de l’Agulla (1910) y Maria Glòria (1917)—; vaga de les sis setmanes / La Constància (1913); Huelga de La Canadiense + Real Decreto 03/04/1919 (jornada de 8 h); Uprising of the 20,000 (NY, 1909–10) y Triangle Shirtwaist (1911).