¿Cuán de largo puede ser el rabo del diablo: corto y gordo como un nabo, largo y delgado como el sedal de una cometa?
Desde mediados de la primavera hasta finales de verano, el cielo del cerro se inundaba de cometas que podían verse desde cualquier punto del pueblo. Esporádicamente, en cualquier momento del año, podías verlas; pero era con los vientos violentos de la primavera y, sobre todo, en las tardes de verano, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los peñones y el viento se levantaba de repente, orientado de oeste a este, cuando aquello se convertía en un espectáculo.
Era el viento de poniente, ese que movía las aspas de los molinos en Don Quijote, el que aliviaba incluso a las piedras del calor de un sol diabólico, entregado a abrasarlo todo. Arrastraba consigo el perfume que las plantas, la tierra, los alacranes y las culebras escondidos bajo las piedras habían ido destilando durante el día, sometidos al alambique infernal del sol, que trastocaba a hombres y mujeres, sumiéndolos en un sopor que alcanzaba su clímax durante la siesta, cuando solía aparecerse ÉL con su rabo.
Los críos, protegidos por la inocencia, lo habíamos visto entonces en el pajar de Antonio, un vecino. Incluso una vez fuimos testigos de cómo un hombre joven, subido a un taburete, montaba a una vaca.
Me veo sentado en una piedra, junto al primer grupo de peñones, con el sol huyendo a mi espalda y un amigo a mi lado, contemplando el espectáculo en que se había convertido el cerro: cientos de cometas de caña y papel de colores lo inundaban. Las había pequeñas, medianas, pero algunas eran mucho más grandes que yo, que en aquel momento debía tener entre ocho y nueve años.
La mayoría de los “cometistas” eran jóvenes y hombres ya granados. A aquella hora, los más pequeños mirábamos el espectáculo: nosotros habíamos hecho volar las nuestras a la hora de la siesta. Yo esperaba con impaciencia el momento en que comenzaba a oscurecer.
Entonces, los más experimentados colocaban en la larguísima cola de trapo de la cometa un farolillo en forma de cubo, hecho con alambre muy fino y revestido con papel de seda; en el centro colocaban una vela. Había que ser muy hábil para que la vela no se apagara o el farolillo no se incendiara. Una vez vimos prenderse la cometa entera: ardió el farol, el fuego se propagó por la cola de trapo hasta alcanzar el papel de seda y la estructura de cinco cañas. A esa altura del incidente, la cometa, desequilibrada, daba vueltas como las aspas de un molino en el firmamento.
Sabes, a veces, a esa edad, los amigos no son lo que parecen; después, de adulto, descubres que la amistad a lo máximo que puede aspirar es a una serie de intereses compartidos. Yo estaba enamorado de aquellos farolillos que refulgían y se balanceaban, titilantes, entre las estrellas, y el diablo sabía de mi frustración en el empeño de construirme uno para mi cometa de color rosa.
Primero estaba la dificultad de encontrar los materiales: alambre fino, hilo de seda de calidad para elevar bien la cometa y estabilizarla. Luego estaba el hecho de que me dejaran volarla por la noche. Para esto último estaba dispuesto a escaparme: saliendo por la puerta falsa de casa, la que daba al campo, volarla desde el basurero que teníamos, prácticamente pegado a las tapias. Más allá, llegar hasta el cerro, yo no me atrevía.
Aquella tarde, mientras contemplábamos mi amigo y yo cómo volaban las cometas, no supe verle el rabo al diablo. Cerca de nosotros habían dejado un farolillo preparado para cuando oscureciera. Mi amigo, que sabía de mis desvelos por conseguir uno, me miró y me dijo:
—No se van a dar cuenta.
Ni lo pensé. Cogí el objeto de pecado y eché a correr como el viento. Me conocía cada una de las piedras del camino sinuoso que llevaba de los primeros peñones a mi casa: los baches, los montículos que, si los cogías a toda velocidad, te hacían volar; las zonas del camino refugiadas por paredes naturales de piedra.
De repente oí:
—¡Ladrón!
Dejé caer el farol automáticamente e intenté correr más deprisa, pero oía las zancadas de su dueño detrás de mí y las fuerzas comenzaron a fallarme. Las piernas, sin yo quererlo, me flaqueaban; ya no corrían con alegría: les pesaba el hierro del miedo. Entonces sentí el estrépito de una gran piedra que, tras chocar a mi derecha contra el borde de la pared protectora, pasó sobre mí rozándome el pelo.
En aquel momento supe que mi vida estaba en peligro y me detuve en seco. Tuve el valor de darme la vuelta y mirarlo a los ojos. Debía de tener no menos de veinte años. Recogió tranquilamente el farol del suelo y, al llegar a mi altura, solo me dijo:
—Ladrón.
Y me dio un bofetón que me hizo rodar por el suelo. Recuerdo el sabor del barro que mis lágrimas, mezcladas con la tierra, crearon: vergüenza y amargura, no tanto por el dueño del farolillo, ni por el hecho delictivo que no encajaba con mi personalidad temprana, ni tan siquiera por el dolor de la bofetada, sino porque supe en ese momento que mi supuesto amigo me había incitado y delatado al mismo tiempo.
Del resto del día no me acuerdo. Supongo que no me atreví en buscar consuelo entre tus brazos.