El refugio del vencejo

Es el aire: la libertad llevada al extremo, la que aprisiona como una cárcel de amor y odio; como el mar a la tierra, el sol al día, el fuego a la noche. Y al final, el resultado es el mismo: el refugio de la carcoma. Cada cual existiendo en su prisión inevitable y amada, gastando la vida en doblones de oro sin valor. Solo vale el brillo, la brisa en el sarmiento. No es el nombre, sino el apodo. Ahora, vuela —o arrástrate— por las galerías carcomidas del alma: el desenlace será el mismo, siempre incierto.

El viejo

Hace tiempo que siente
que su vida no tiene sentido.
Ha fantaseado incluso con el suicidio;
sabe —o cree saber— que no lo haría:
demasiado perezoso, dice.

Pero en el fondo se reconoce en la farsa,
un sarcasmo que apenas disfraza el miedo.
Lo que de verdad le frena
es el pánico al instante previo,
al borde del abismo,
al segundo exacto antes
de cruzar el horizonte de sucesos. Todo era eco en su voz:
un eco cavernoso
recorriendo las galerías más hondas del alma.