
Como una casa en ruinas
su vida se desmorona.
Los cimientos desdentados asoman
entre terrones de tierra podrida,
trozos de vigas carcomidas,
como los pensamientos de este viejo
que en otro tiempo fueron hermosos. No del todo pulidos,
pero bondadosos, ingenuos,
cruzaron la frontera del tiempo,
fragmentándolo en instantes
de feliz cumplimiento. Eran días
en que la belleza surgía al paso,
rota en porciones
que él aún podía intuir
y disfrutar,
como los niños que juegan en el parque
mientras los vencejos cortan el aire
con sus acrobacias y gritos. Ya no puede arrancar el vuelo,
ni siquiera en sueños,
por lúcidos que sean.
Ahora los ácaros asolan sus alas.
Hace tiempo que siente
que su vida no tiene sentido.
Ha fantaseado incluso con el suicidio;
sabe —o cree saber— que no lo haría:
demasiado perezoso, dice.
Pero en el fondo se reconoce en la farsa,
un sarcasmo que apenas disfraza el miedo.
Lo que de verdad le frena
es el pánico al instante previo,
al borde del abismo,
al segundo exacto antes
de cruzar el horizonte de sucesos. Todo era eco en su voz:
un eco cavernoso
recorriendo las galerías más hondas del alma.