El refugio del vencejo

Es el aire: la libertad llevada al extremo, la que aprisiona como una cárcel de amor y odio; como el mar a la tierra, el sol al día, el fuego a la noche. Y al final, el resultado es el mismo: el refugio de la carcoma. Cada cual existiendo en su prisión inevitable y amada, gastando la vida en doblones de oro sin valor. Solo vale el brillo, la brisa en el sarmiento. No es el nombre, sino el apodo. Ahora, vuela —o arrástrate— por las galerías carcomidas del alma: el desenlace será el mismo, siempre incierto.

De CDMX a Guanajuato capital

Juan José Cantador Bustos

Juan José Cantador Bustos 31 de diciembre de 2025

El refugio del vencejo

Ya quedó depositada, allí abajo, la custodia de la memoria desinteresada, translúcida. El acceso está limitado. Destellos dispersos en la nebulosa de la nada.

Delfines sonrientes se lanzan sobre la carretera desde los muros de la inconsciencia, perseguidos por coyotes alados envueltos en hermosas banderas de dolor. Arden los arcenes y las medianas, preñadas de rastrojos, por donde transita un pueblo que sufre e implora el milagro de continuar consciente.

He estado en CDMX para pasar unos días con mi entrañable hija. Seguro que te habría pellizcado el corazón. Es una ciudad increíble, anclada en un pasado remoto y futurista a la vez. Puro contraste y contradicción.

Llena de vendedores ambulantes, propietarios de una esquina, donde mujeres jóvenes, con su prole amarrada a la espalda, venden frutitas sabrosas; donde criaturas dulces y espabiladas ofrecen humildes burritos de carga que sus madres construyen en esas mismas esquinas. Apenas ves gente pidiendo, y quienes ya no pueden más quedan varados en medio de la cascada.

Los pobres, que viven en los cerros, viajan en funicular —lo llaman Cablebús—. Cuando pasas por debajo de esa red de transporte dirías que estás en una ciudad futurista, y quizá lo sea.

Pura realidad, llena de entrañables milagritos. Donde las calles se inundan de un agradable olor a grasa y especias, y el mantra de vendedores y compradores —o el de los aviones que te sobrevuelan incesantemente— te sumerge en un sopor dulce e intemporal.
Todo podría continuar así, eternamente, pero la estridencia de una ambulancia o de un coche de policía te devuelve aquí: no debes entretenerte en los pasos de cebra. No te está permitida la contemplación, a no ser que la lleves puesta.

Una exigencia del ser es la autoafirmación, aunque para ello deba sumergir la cabeza en las antípodas.

Estuve en un pueblo hermoso del centro del país, donde los españoles hicieron un suculento negocio reventando sus entrañas en busca de plata. Dejaron la ciudad preñada de hermosas iglesias, en las que la gente celebra suntuosas bodas o canta espontáneamente salmos sin necesidad de un intermediario que los transmita a Dios.

Por un momento se me atragantan mis reflexiones de ecléctico —o directamente ateo—: quizá me equivoco al pensar que la esperanza es el alimento del alma de los pobres. Lo que tenga que ser se te dará.

La acción es un freno, un desvarío en el que la proyección del ser se pierde y se desvanece.

Camino por calles repletas de gentes, todas ellas igualmente diferentes, uniformadas de sí mismas. De algunos coches-altavoces emergen narco-corridos. Nuevo bofetón de contrastes: legitimidad nacida de la supervivencia, orgullo, fatalismo, desafío. Una llamada a la acción que disuelve la esperanza pasiva mediante un relato de justificación.

La letra que emerge del coche y se desparrama por la ciudad —anunciando la buena nueva, pidiendo posada en las mentes transeúntes— no se piensa a sí misma como criminal, sino como consecuencia. Su ética no procede de un código abstracto, sino de una biografía atravesada por la escasez, la lealtad y la supervivencia. El respeto sustituye al derecho; la reputación, a la ciudadanía. 

Allí donde el Estado comparece solo como amenaza, la norma pierde su carácter moral y se vuelve un ruido exterior, ajeno: “Jefe de jefes, señores, me respetan a todos niveles.”

Hoy un amigo me preguntaba si creía que, en la actualidad, cabe la posibilidad de que emerjan nuevos pueblos: colectivos de personas con identidad propia, significativamente diferentes al resto. Van arraigando en las calles, en las plazas, en las esquinas y en rincones neuronales donde emerge la conciencia y acaba reconociéndose, subjetivándose, hasta devenir consciencia colectiva. Hasta convertirse, de nuevo, en pueblo.

No defiendo, ni juzgo, ni condeno; tampoco es romántica mi mirada. La vida brota y sucumbe para volver a brotar y sucumbir a cada instante, y los atardeceres son hermosos gracias a la contaminación. Los colibríes aletean frenéticamente, pasivos frente a una rama, mientras una voz, cantarina y melancólica, de mujer nos invita a despojarnos de la herrumbre y la chatarra.